domingo, 17 de abril de 2016

Sombrero de cholita paceña

Apartado de la trancadera cotidiana de la plaza Garita de Lima y de los negocios de venta de videos en la avenida Buenos Aires, un callejón que tiene como horizonte el mercado Uruguay y el nevado Illimani cuenta como ornamento “exclusivo” las decenas de mostradores con prendas que convierten el Pasaje Tarapacá en la “calle de los sombreros”.

Hace 40 años, este sector era diferente a como luce ahora. En lugar de asfalto, su única capa era la tierra, donde un grupo de personas ofrecía callapos, esos troncos de más de dos metros que sirven para apuntalar las construcciones. Y de madrugada, mujeres de pollera comercializaban pescados  que traían desde el lago Titicaca en latas, mientras que llegaban y salían camiones hacia el área rural. Ese movimiento de personas hizo que hace más de 30 años también se establecieran algunos quioscos dedicados al arreglo de sombreros para chola. Don Luis Callisaya es uno de los “supervivientes” de aquellos tiempos que posibilitaron que este pasaje se convierta en la actualidad en una meca del sombrero, con mostradores donde se exponen diversos estilos y variedades de esta prenda que acompaña el vestir.

El sombrerero confiesa que fue la casualidad la que lo llevó a vivir de este oficio. Es muy probable que también haya sido el amor por Ninfa Flores, quien después se convirtió en su esposa. Para mostrarse maduro y solvente Luis trabajó como ayudante de Ernesto Flores, excombatiente de la Guerra del Chaco y padre de Ninfa, y quien tenía una tienda de venta de estas prendas en la calle Chuquisaca, por la cercanía con los mercados Lanza y Camacho, donde “generalmente estaban las cholas más elegantes”, que vestían los afamados Borsalino, aquel sombrero hecho de fieltro suave que produjo en serie el diseñador italiano Giuseppe Borsalino.

Estos sombreros, importados de Italia, los usaron las mujeres de pollera a inicios del siglo pasado, en 1920, relata Antonio Paredes Candia en su libro La chola paceña. Existen varias teorías acerca de su origen, y el éxito en ventas que alcanzó  en las tiendas de la sede de gobierno; pero en la que coinciden varios autores es que un comerciante trajo a La Paz un lote de sombreros para varón tipo tongo —como el que usaba Charles Chaplin—, que estaban de moda en todo el mundo. Sin embargo, le llegaron de color café, cuando la preferencia en la sociedad era el negro. Ante el riesgo de perder su inversión con la mercadería, se le ocurrió hacer algunas modificaciones, como colocar una cinta con dos pequeños lazos sostenidos por una pequeña hebilla de concha y terminados en borlas. Luego, puso los sombreros en el mostrador junto a un letrero que anunciaba: “Última moda para cholitas”.

“Por sus características, la chola lo adopta como un símbolo de distinción. El sombrero era un artículo de lujo, usado por un tipo de sociedad ‘exclusivo’”, explica la economista e investigadora cultural Valeria Salinas, quien agrega que servía también para diferenciarse de las mujeres del área rural. Es así como para la década de los años 30 de siglo XX, estas prendas ya eran conocidas como “Borsalinos para cholitas”.

Paredes Candia indica que previo a la moda de las prendas italianas, las paceñas usaban monteras, para lo cual se basa en un registro gráfico del siglo XIX que muestra a Simona Manzaneda, una chola que participó en el movimiento libertario del 16 de julio de 1809, con una de estas prendas. Para la segunda mitad de esa centuria, las féminas empleaban sombreros similares a los de las cochabambinas y potosinas, de color blanco o marfil.

Pero el estilo de los Borsalinos —que llegó por el apuro de un comerciante— se mantiene desde la década de los 20, ya que durante los primeros años no solo eran traídos de Italia, sino también de Estados Unidos, con la marca Stetson, y de Alemania con los Hückels.

“Gracias a Dios existen las señoras de pollera; si no fuera por eso, creo que nuestro gremio desaparecería”. Ronald Tarqui, dueño de la sombrerería Ideal, tiene mucha razón, pues la mayor parte de su producción está dedicada a ellas. Al igual que Luis, este artesano aprendió las técnicas de uno de los maestros del lugar, hasta que formó su familia y decidió abrir su propio local.

Además, “ellas son más exigentes y coquetas, por lo que tienen que caminar con el sombrero bien planchadito y brilloso”, sostiene el dueño de la sombrerería Ninfa, mientras su hijo Moisés moldea un sombrero de varón, para lo cual emplea una plancha que calienta en una pequeña cocina. Luis aclara que tienen una eléctrica pero no se tienen los mismos resultados, así es que se mantienen con las prácticas que se utilizaban años pasados.

Bonifacio Tarquino fue uno de los primeros en hacer de esta zona un lugar exclusivo para el comercio de sombreros y dejó a su hijo Javier como heredero del oficio. “Prácticamente he nacido en esta zona, la 14 de Septiembre”, cuenta su descendiente, quien se precia de ser el sucesor de una marca reconocida en la ciudad. En cuanto a los estilos, ha cambiado muy poco desde los primeros años. Además de los Borsalinos, que se caracterizan por su copa baja, están las de copa mediana y alta, según la preferencia de la persona que los usa. Lo que últimamente sí está cambiando son los colores, pues a los clásicos negro, plomo oscuro, café chocolate, avellano y tabaco se suman el plomo claro (llamado popularmente tunta), champán (que es más claro que el avellano), el de tonalidad api y el color vicuña o dorado, que se utilizarán en la fiesta del Gran Poder, coinciden los artesanos.

No obstante, lo efímero de la moda hace que haya más innovaciones. Desde el año pasado, por ejemplo, algunos ornamentos del sombrero de cholita son hechos en oro o plata. Por ejemplo, los respiradores (los pequeños huecos que están en un costado) y la hebilla que sostiene los lazos son elaborados con estos metales, “dependiendo del gusto del cliente”, asegura Javier. Es por esa razón que los precios varían desde los 45 bolivianos hasta los 1.200, según la materia prima, que llega desde Viacha o Sucre, en el ámbito nacional, o los importados de Brasil, Italia y Portugal. Javier, Luis y Ronald, como los otros 20 artesanos del Pasaje Tarapacá, consideran en que la Entrada de Carnaval de Oruro, la fiesta de Colquepata, que se celebra en el municipio de Copacabana el 3 de mayo, el Gran Poder y la Entrada Universitaria, son las celebraciones que atraen a más clientes, ya que algunas fraternidades incluso adquieren hasta 800 sombreros.

En cuanto a las exportaciones, estas prendas son comercializadas en Perú, Chile, Argentina, Estados Unidos, España y Francia —aseguran los artesanos—, principalmente por inmigrantes bolivianos que tienen fiestas folklóricas en esos países.

Mientras que la cotidianidad continúa en la plaza Garita de Lima y en la avenida Buenos Aires, el Pasaje Tarapacá parece un lugar de descanso de las ajetreadas jornadas en esta zona comercial, un callejón que dejó de tener vendedores de callapos y pescado, y que ahora está adornado por mostradores que lo convierten en una verdadera Meca del sombrero.

Contra el cáncer de piel

La primera defensa contra los peligrosos rayos ultravioleta, que causan cáncer en la piel, es la ropa. De acuerdo con estadísticas del Ministerio de Salud de Bolivia elaboradas en 2014, 860 personas fueron diagnosticadas con tumor de piel benigno y 204 con tumor de piel maligno, con una tasa de incidencia, según sexo, de 43% en varones y 56% en mujeres.

El cáncer de piel es un crecimiento incontrolable de células cutáneas que se puede diseminar desde la piel hasta otros tejidos u órganos si se deja sin examinar. Existen varias apariencias que ayudan a diagnosticarlo: pueden ser manchas pequeñas, brillantes o cerosas; escamosas o ásperas, firmes y rojas; por lo tanto, ante cualquier sospecha es recomendable consultar con un médico.

Para prevenir las enfermedades causadas por excesiva exposición a los rayos solares, los sombreros son la principal manera para proteger la cabeza. La Skin Cancer Foundation recomienda a todas las personas que usen sombrero de ala ancha, para que pueda dar sombra a la cara, el cuello, las orejas y la parte superior de los hombros.

El Borsalino en el cine

Borsalino no es solo una marca para sombreros de cholita, sino que es una empresa que tuvo influencia en todo el mundo.

Esta empresa familiar empezó con Giuseppe Borsalino, quien nació en Alejandría en 1834 y después de haberse desempeñado como aprendiz en su ciudad, trabajó durante siete años en la fábrica de sombreros Berteil, en Rue du Temple en París, Francia, donde obtuvo el título de maestro sombrerero. Un año después de regresar a Italia (1857), Giuseppe abrió su primer taller en Alejandría junto a su hermano Lázaro.

Luego de un tiempo, Borsalino se convirtió en una marca de sombreros de calidad, que impuso el empleo exclusivo del fieltro de pelo de conejo, para competir con las principales fábricas del mundo. Fue tanta la fama que tuvo, que en 1970 se estrenó la película Borsalino, una producción franco-italiana ambientada en los años 30 y que estaba coprotagonizada por los actores Alain Delon y Jean Paul Belmondo.

lunes, 11 de abril de 2016

Caporales


Los caporales

Caporales es una danza folklórica de Bolivia, creada y presentada al público por primera vez en 1969 por los hermanos Estrada Pacheco, quienes se inspiraron en el personaje del Caporal de la saya. La danza presenta fuertes raíces africanas en su estilo y es propia de la zona de Los Yungas, en el departamento de La Paz.1

En junio de 2011 a través de un Decreto Supremo, los Caporales junto con otras danzas fueron declarados Patrimonio Cultural e Inmaterial del Estado Plurinacional de Bolivia; según el ente gubernamental, esta medida fue tomada para frenar los intentos de apropiación por parte de países vecinos

Orígenes

El "Caporal", que en muchos casos era mestizo o mulato, era el capataz de los esclavos negros traídos a la zona altiplánica durante la época de la Colonia. A raíz de la presentación de un conjunto de la Saya en la que aparece representado este personaje, deciden los hermanos Estrada Pacheco crear una nueva danza inspirada en el personaje central de la Saya afro-boliviana reuniendo a muchos "Caporales". De ahí el nombre de esta danza típica. El hecho de que haya un o dos Caporales en la Saya y el hecho de que el grupo musical Los Kjarkas haya compuesto temas de Caporales que frecuentemente aluden a la Saya ha conducido a mucha confusión. Por eso, hasta el día de hoy hay gente que confunde las dos danzas, motivo de mucho rencor de parte de la comunidad afro-boliviana de los Yungas bolivianos.

Significado

"Cuando se creó la danza de los Caporales era una glorificación del capataz o caporal negro de Yungas, ideada y personificada por jóvenes del sector popular de Ch’ijini (La Paz). Sin embargo, en el transcurso de los años este Caporal y su acompañante femenino (en un principio nada más que la representación de una coqueta cholita afro-yungueña) se blanquearon y ascendieron de clase – de tal modo que hoy en día, la danza más que nada es asociada con las élites adineradas y totalmente occidentalizadas e incluso fue apropiada por altos funcionarios públicos, como el ministro Tito Hoz de Vila, el “ministro Caporal”, quien de esta manera conjuncionó el poder simbólico del personaje con su poder muy real." Citado del libro: Sigl, Eveline. Mendoza Salazar, David: "No se baila así no más. Danzas de Bolivia".

Vestimenta y danza

La vestimenta original de los varones consistía en: sombrero de ala ancha, camisa holgada, faja o cinturón, pantalón de corte militar, botas y látigo, mientras que la mujer usaba una blusa de mangas anchas. pollera, que en la actualidad se ha ido acortando hasta ser una minipollera, calzados y el característico sombrero tipo Borsalino o también conocido en Bolivia como sombrero de cholita. En la actualidad la vestimenta ha ido desarrollándose de forma vertiginosa incorporando diseños y colores que identifican a las diferentes fraternidades o conjuntos de Caporales.


Coreografía

Hoy en día la saya propiamente dicha, es una danza de mayor agilidad, representada y bailada por las personas negras, cambiando el estilo de música y obviamente la vestimenta del caporal, de ahí que el caporal y la saya son danzas relacionadas pero no iguales.

La danza de los Caporales se caracteriza por ser una danza de movimientos ágiles y atléticos en la que los varones especialmente hacen gala de giros, contorsiones, patadas al aire, saltos acrobáticos y acompañamiento de gritos de coraje y euforia, pues su estilo musical tiene cierto aire y ritmo marcial. Mientras las mujeres se destacan por mostrar y resaltar la sensualidad y femineidad a través del vestuario y de los movimientos gráciles.

Festividades y eventos

Aunque son en el Carnaval de Oruro, Fiesta del Gran Poder, y la Fiesta de Urkupiña donde los caporales tienen más resonancia, es común ver bailar esta danza en diferentes festividades y eventos de la zona altiplánica de Bolivia.

El domingo 18 de julio de 2010 se llevó a cabo el evento internacional llamado Caporales 100% Boliviano. En el cual diferentes bolivianos de 23 ciudades a nivel mundial participaron. Dicho evento fue organizado por la OBDEFO (Organización Boliviana de defensa y difusión del Folklore) junto con el Ministerio de Cultura de Bolivia. El objetivo principal fue dejar en claro qué la danza de los Caporales es originaria de Bolivia.

martes, 12 de febrero de 2013

Video: Caporales San Simon en el Carnaval de Oruro 2013

El bloque de Cochabamba entrando en la avenida Cívica junto a la Pendeks Band, en el Carnaval Oruro 2013.

Carnaval cruceño, nace, lo sepultan, no muere

Las cuatro esquinas de la plaza 24 de Septiembre se llenan, una semana antes del Carnaval, de comparseros y ciudadanos de a pie para dar inicio a la fiesta con la lectura de los bandos. Son “versos generalmente picantes, y obscenos en ocasiones”, como explicaba el poeta Emilio Finot en un artículo sobre esta fiesta durante el siglo XIX, publicado en 1970 en la revista Abriendo surcos.

El viajero francés Alcide D’Orbigny se refirió ya a esos bandos en la plaza, al mencionar que en 1831, “por la noche, se remonta a caballo y se va cantar canciones de circunstancias a la puerta de algunos personajes excepcionales”. Y el historiador Nino Gandarilla, en su libro 400 años de Carnaval cruceño, va más atrás en pos de las huellas de Cañoto, quien componía y luego cantaba coplas montado a caballo para burlarse del gobernador. Ese Cañoto era José Manuel Baca, guitarrista, poeta y músico que fue uno de los héroes de la Independencia a principios del siglo XIX.

Así como había bandos particulares, también existía el bando oficial de la fiesta: el Correo del Carnaval. Un supuesto emisario del rey Momo, la autoridad festiva, llegaba a caballo hasta la plaza para leer las normas que regirían durante 11 días.

Finot publicó algunos artículos de un bando del siglo XIX, por ejemplo éste:

Las doncellas, si las hay, serán siempre respetadas; pero si hay algún apuro, se pondrán de barricadas

Siete días antes de la Fiesta Grande, hoy sigue celebrándose la costumbre de iniciar los festejos con los bandos. Los que, dados los tiempos que corren, tienen que cuidarse de no atentar contra derechos de mujeres y otros grupos que solían ser blanco fácil del humor irreverente del Carnaval (tal cual pasa con las coplas) y que hoy no se admiten ni a título de broma.

Otro ritual que se cumple en Santa Cruz es el del entierro del Carnaval. La ceremonia ha ido variando con el tiempo y es distinta según el grupo que lo practica, así lo hacen notar la historiadora Paula Peña, el investigador y pintor Carlos Cibrián y el costumbrista Waldo Peña.

Este último señala, refiriéndose a la ciudad, que en Domingo de Tentación, día del Carnavalito, las comparsas se reúnen en un espacio al aire libre, normalmente una quinta suburbana, para despedir la fiesta. Se cocina un churrasco o vaquilla, hay una bandeada (baile con banda) y para el final se reserva el entierro de un muñeco que se señala como representante de la fiesta.

El mismo Peña, que en tanto compositor ha aportado con 40 temas en ritmos cambas como el brincao, explica que ha documentado la costumbre también en el área rural. En los valles, como Vallegrande, por ejemplo, uno de los fiesteros es elegido para representar al Carnaval.

Un cortejo fúnebre que en medio del llanto fingido no logra esconder las risas, carga al hombre y lo pasea por la plaza con música de banda pero de aires tristes.

Cibrián dice que lo del entierro está documentado desde el siglo XIX y que se hacía en Martes de Carnaval. Algo que todavía se da en los barrios y en los pueblos. Lo del domingo, en la ciudad, es relativamente nuevo, sostiene, como lo es la presencia de los comparseros.

Paula Peña refuerza la idea de la variedad. Cita el caso de los pueblos de Chiquitos, los cuales ingresan en martes carnavalero a las respectivas iglesias de las antiguas misiones. Las autoridades del Cabildo indígena toman el púlpito, del que desaparece el cura, y encabezan el rito llamado “Hasta el año Carnaval”.

Que en la conciencia de los fiesteros está que nada bueno es para siempre lo demuestra la canción creada sobre versos de Zoilo Saavedra & Arturo Pinckert:

Cuando muera el Carnaval yo con él quiero morir y que lloren las peladas de todingo Santa Cruz (…) En el alma camba nunca muere el Carnaval, pa’ los cruceños la vida es un Carnaval

Aldo Peña y Cibrián recuerdan un antiguo tema, al ritmo del cual se despedía la fiesta, y que “las nuevas generaciones ignoran”, a decir del pintor. Se trata del Amamay atatay, olvidado y reemplazado por otras costumbres que van caracterizando a una fiesta que crece como crece la propia Santa Cruz. “La entrada oficial es una más entre muchas expresiones que se viven en barrios urbanos como Plan Tres Mil, Ciudadela, Primero de Mayo, los que tienen su propia entrada, su propia reina. Y están las manifestaciones de otras ciudades, de los pueblos... El Carnaval se vive en toda Bolivia y en cada lugar con sus propias características”, concluye Paula Peña.

Por tal razón, la reciente declaratoria de Carnaval de Santa Cruz como Patrimonio Cultural boliviano —título que fue entregado por el presidente Evo Morales el martes en la capital departamental—  “abarca todas las formas de expresarse y ojalá no solamente a la entrada que se vive el sábado en el centro de la ciudad”.

 A tono con los versos de Saavedra y Pinckert, Aldo Peña cree que la fiesta no tiene un desentierro, pues en verdad sólo duerme. Y para reafirmarlo, canta: 

Pero a nuestro Carnaval nunca lo van a enterrar, porque el camba nació pa’ bailar pa’ cantar taquirari  y pa’ enamorar

Los entierros en el Viejo Mundo

La práctica del entierro de la fiesta de la carne es europea. En España, el llanto por el fin de un periodo de libre albedrío tuvo que convertirse, por el inicio de la Cuaresma católica, en un tiempo para reflexionar y retomar la vida mesurada. Cada pueblo entierra a su manera e incluso en días distintos: Martes de Carnaval o Miércoles de Ceniza. Una costumbre difundida es la del Entierro de la Sardina, rito en el que un cortejo fúnebre fingido pasea una sardina gigante —normalmente de cartón— para finalmente quemarla. ¡Y a esperar la próxima!

El Pepino, símbolo mestizo de La Paz

En La Paz, el desentierro y el entierro del Pepino son momentos clave del Carnaval. Comparsas de ch’utas dejan salir al pícaro personaje, apropiación criolla del Pierrot. Y, en Domingo de Tentación, arman un cortejo al que se suman viudas llorosas y músicos como los de antaño (con concertinas e instrumentos nativos) para llevarlo al Cementerio General. La costumbre coincide con las creencias andinas prehispánicas de que ha terminado el tiempo en que los seres del mundo de abajo (llegados en noviembre) estuvieron entre los vivos. Así que, espantados con ruidos fuertes (petardos, hoy en día), deben retomar su misión de garantizar buenas cosechas.

Santa Cruz: video del corso cruceño 2013

La gente fue protagonista del desborde de alegría en el corso cruceño, que fue declarado Patrimonio Nacional de Bolivia en este 2013.